Mostrando entradas con la etiqueta vida campestre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida campestre. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de mayo de 2014

La huerta

Como soy una bocazas y dije que hablaría de la huerta, muchos me habéis preguntado ya por ella. La cuestión es que estaba esperando a que estuviera un poco más avanzada para poder fardar de ella (que de eso va la cosa, ya sabéis ;), pero como veo que eso va a llevar su tiempo, aquí está la primera actualización sobre el estado de la cuestión. Espero que satisfaga vuestro voyeurismo y, claro está, mi creciente exhibicionismo.

Las fresas, urbanas como yo, pero que parece que tampoco llevan mal el cambio de aires después de haberme acompañado los últimos años en un macetero de mi antiguo balcón berlinés [suspiro].


Las judías verdes que me dio mi madre, hijas de las que tiene ella en su huerta cántabra. Estas me hacen especial ilusión, si no se las comen antes las babosas (o lumiacos para los entendidos).


Los tomates esperando a ser trasplantados. Los tomates me dan un poco de miedo porque, según lo que he aprendido hasta ahora, son bastante sensibles al agua. Pero estos me los ha dado una vecina rusa, que a su vez los ha traído de su pueblo en Siberia. Vamos, que si no me sobreviven unos tomates siberianos, creo que mejor dejo lo de los tomates.


Las acelgas rojas, ahí van. Confieso que las he plantado por el color


Y las hierbas aromáticas, estas van como locas, me parece que no me tengo que preocupar mucho por ellas.


Además de mi pequeño huerto, hemos heredado bastantes árboles frutales, y yo ya estoy empezando a soñar con tartas de cerezas...


...de manzana...


...ciruelas...


...y conservas de membrillo... ¡ilusión anticipada!


De momento, mientras espero los manjares de mi huerta, pruebo recetas para mi futura, y espero que abundante, cosecha :)
Como esta torta provenzal de acelgas de nuestra experta hortelana Ajonjolí.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Cambio de aires

Si había algo que tenía claro yo, era que nunca me iría a vivir a un pueblo. Ay..., la de palabras que hay que tragarse en esta vida. Héteme aquí hoy viviendo en el campo, en una aldehuela de 125 habitantes. 125 habitantes y yo. En plena pampa sajona a medio camino entre Polonia y la República Checa.


¿Que qué hago yo aquí? Esa pregunta me hago todas las mañanas cuando me siento al escritorio de mi nuevo despacho y las gallinas de los vecinos se asoman a la valla para ver qué hace hoy la nueva.

En resumidas cuentas, eso es lo que ha estado pasando mientras en este blog no pasaba nada. Que me he mudado. A un pueblo. Lejos de la gran metrópolis, lejos de Berlín. Tras 18 años exactos en la capi de esta república, ¡una mayoría de edad!, supongo que ya era hora de salir a conocer la otra Alemania, la de verdad, la que dicen que Berlín no es. Vamos, que echaba de menos el choque cultural.

Así que a partir de ahora puede que este blog tenga un aire más campestre, desde esta casa de la pradera. Habrá huerta, habrá conservas, puede que hasta mermeladas, alguna que otra anécdota rural y espero que también haya crímenes culinarios que resolver...

Hasta entonces toca terminar de aprovisionarse para el invierno. Por ejemplo, llenando la bodega de manzanas o envasando el verano en botes. Estos no son míos, este año no he llegado a tiempo, pero para que os vayáis haciendo una idea. (¡Uf, lo que me queda por aprender!)